LA MALA DECISIÓN DE DINA

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Las amistades ejercen una gran influencia, sea para bien o para mal (Proverbios 13:20; 1 Corintios 15:33). Así lo muestra el ejemplo de Dina, hija del patriarca Jacob (Génesis 34:1). Aunque había recibido una buena crianza, cometió la imprudencia de buscar amigas entre las jóvenes de Canaán, pueblo que, como Moab, era famoso por su inmoralidad (Levítico 18:6-25). Por eso, ¿qué pensaría cualquier hombre de la zona al ver a Dina? Que era una presa fácil para ellos. Y Siquem, “el más honorable de toda la casa de su padre”, no fue la excepción (Génesis 34:18, 19).

Con el tiempo, Dina conoció a Siquem. Probablemente, ella no pretendía tener relaciones sexuales. Pero Siquem sí. Un día, al sentirse excitado, actuó como lo hubieran hecho la mayoría de los cananeos: sin importarle que la joven se resistiera, “la tomó” y “la violó”. Más tarde “se enamoró” de ella, pero eso no cambió en nada el abuso cometido (Génesis 34:1-4). Y Dina no fue la única perjudicada, pues su mala elección de compañías desencadenó una serie de sucesos que sumió a toda su familia en el dolor y el descrédito (Génesis 34:7, 25-31; Gálatas 6:7, 8).

Puede que Dina extrajera una importante lección, pero a las malas. Ahora bien, nosotros no tenemos que aprender así. Amamos a Jehová, y por eso hacemos caso de sus consejos, entre ellos, el de “andar con personas sabias” (Proverbios 13:20a). Si obedecemos siempre a Dios, llegaremos a comprender cuál es el buen camino, “el derrotero de lo que es bueno”, y nos ahorraremos muchos problemas (Proverbios 2:6-9; Salmo 1:1-3).

En efecto, Dios ofrece sabiduría a todos los que la desean. Pero para conseguirla, hay que orar y estudiar la Biblia (Mateo 24:45; Santiago 1:5). Además, es preciso ser humildes y aceptar los consejos de las Escrituras (2 Reyes 22:18, 19). Para ilustrar este punto, pensemos en lo siguiente. Seguramente todos reconocemos que el corazón es traicionero y desesperado (Jeremías 17:9). Pero a la hora de la verdad, cuando tenemos que recibir consejos directos y ayuda amorosa, ¿somos humildes y los aceptamos, o dejamos que el corazón nos engañe?

Imaginemos la siguiente situación: un padre no permite que su hija salga con un joven cristiano, a menos que vayan acompañados. Ella replica: “Pero, papá, ¿es que no confías en mí? ¡No vamos a hacer nada malo!”. Sin duda, la joven ama a Jehová y tiene las mejores intenciones, pero ¿diríamos que “anda con verdadera sabiduría” y está “huyendo de la fornicación”? ¿O pensaríamos que imprudentemente “confía en su propio corazón”? (Proverbios 28:26.) Y seguro nos vienen a la mente otros principios que ayudarían al padre a razonar con su hija sobre este asunto (Proverbios 22:3; Mateo 6:13; 26:41).

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