miércoles, 14 de noviembre de 2012

¿Por qué perdonar?


EL DOCTO y escritor judío Joseph Jacobs definió una vez el perdón como “la más elevada y difícil de todas las lecciones morales”. En realidad, a muchas personas les resulta muy difícil decir: “Te perdono”.

El perdón es en cierto modo como el dinero. Se puede utilizar con generosidad y misericordia en favor de otras personas, o se puede retener con tacañería para uno mismo. El primero es el modo piadoso. Debemos prodigar el perdón con generosidad. ¿Por qué? Porque Dios lo quiere, y porque un espíritu vengativo, que no perdona, no hace más que empeorar las cosas.

Se suelen oír a menudo las siguientes palabras: “Yo no me enfado; me desquito”. Tristemente, mucha gente se guía hoy por este principio. Por ejemplo, una mujer dejó de hablar a su cuñada por más de siete años. ¿La razón? “Fue muy injusta conmigo y nunca he podido perdonarla.” Pero dejar de hablar a una persona para obligarla a disculparse o como medio punitivo, raramente satisface el deseo de venganza. Por el contrario, puede sencillamente prolongar el conflicto y agudizar el rencor. Si no se rompe este doloroso ciclo, las fuertes garras de la venganza pueden arruinar las relaciones e incluso la propia salud.

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