jueves, 22 de noviembre de 2012

Los mayores son muy importantes para Jehová

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Las Escrituras dejan claro que los cristianos de edad avanzada pueden seguir activos espiritualmente pese a sus achaques. El salmista escribió: “Los que están plantados en la casa de Jehová seguirán medrando o dando fruto durante la canicie —gordos y frescos continuarán siendo—” (Sal. 92:13, 14). El apóstol Pablo, que por lo visto padecía una dolencia física, dijo: “No nos rendimos aunque el hombre que somos exteriormente se vaya desgastando” (2 Corintios 4:16-18).

En efecto, los mayores pueden seguir dando fruto, y así lo prueban muchos ejemplos de la actualidad. Claro, a ninguno de ellos se les hace fácil enfrentarse a la mala salud o a los problemas propios de la vejez, aunque cuenten con el apoyo de sus familiares. Además, el agotamiento puede afectar a quienes los atienden. De modo que la congregación tiene la obligación y el privilegio de demostrarles su amor a los mayores y a aquellos que los cuidan (Gál. 6:10). No nos limitamos a decirles: “Manténganse calientes y bien alimentados”; más bien, los ayudamos en todo lo que podemos (Sant. 2:15-17).

Aunque la edad tal vez afecte el servicio del cristiano, el paso del tiempo no disminuye el amor que siente Jehová por sus siervos leales de edad avanzada. Él tiene en muy alta estima a todos estos fieles cristianos y nunca los abandonará (Sal. 37:28; Isa. 46:4). Sin duda alguna, los sostendrá y los guiará durante todos los días de su vejez (Sal. 48:14).

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Jehová no olvidará las obras de nuestros hermanos mayores

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Es necesario tener en cuenta cómo se sienten a veces nuestros hermanos mayores. No es extraño que de vez en cuando los invada la tristeza por no poder hacer lo mismo que hacían cuando eran jóvenes. Por ejemplo, una hermana que llevaba más de cincuenta años sirviendo a Dios empezó a tener graves problemas de salud y no le era nada fácil asistir a las reuniones. En cierta ocasión, mientras recordaba lo mucho que hacía cuando era precursora regular, se le saltaron las lágrimas. Agachando la cabeza, se lamentó entre sollozos: “Ahora ya no puedo hacer nada”.

Si usted es una persona de edad, ¿se ha sentido así alguna vez? ¿Piensa en ocasiones que Jehová lo ha abandonado? Es posible que el compositor del Salmo 71 se sintiera de esa manera en sus últimos años de vida, pues le pidió a Jehová: “No me deseches en el tiempo de la vejez; justamente cuando mi poder está fallando, no me dejes. Y aun hasta la vejez y canicie, oh Dios, no me dejes” (Sal. 71:9, 18). Claro está, Jehová no iba a abandonar al salmista, y tampoco lo abandonará a usted. En otro salmo, David expresó su total confianza en la ayuda divina (Salmo 68:19). Tenga la seguridad de que si se mantiene fiel, Jehová estará a su lado y lo apoyará día tras día.

Jehová siempre recordará lo que usted ha hecho y sigue haciendo para darle gloria. Él “no es injusto para olvidar la obra de sus siervos y el amor que mostraron para con su nombre” (Heb. 6:10). Así que luche contra los pensamientos negativos. No caiga en el error de pensar que ya no es útil para Jehová. Concéntrese en cosas positivas, como por ejemplo, las bendiciones que ya ha recibido y la magnífica esperanza que abriga. Los cristianos tenemos “un futuro y una esperanza” inigualables, que están garantizados por el propio Jehová (Jer. 29:11, 12; Hech. 17:31; 1 Tim. 6:19). Medite en la esperanza que Dios le ha dado, luche por mantener un espíritu joven y no olvide lo necesaria que es su presencia en la congregación.

Veamos el caso de un pastor de 80 años llamado Juan, que se pasa el día cuidando de su fiel esposa Sara, que está inválida. Varias hermanas se turnan para quedarse con Sara de modo que él pueda asistir a las reuniones y participar en la predicación. Sin embargo, hace poco Juan, muy abrumado por la situación, empezó a pensar que debía dejar de ser pastor. “¿Qué sentido tiene seguir siendo pastor? —dijo con lágrimas en los ojos—. Ya no hago nada útil en la congregación.” Los demás pastores lo animaron a pensarlo mejor, asegurándole que aunque pudiera hacer poco, necesitaban contar con alguien de su experiencia. Fortalecido por aquellas palabras, Juan decidió seguir siendo pastor, para alegría de la congregación.

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Cómo ayudar a los hermanos mayores

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Muchas congregaciones cuidan de manera ejemplar a los hermanos que han envejecido. Les hacen las compras, les limpian la casa y les preparan comidas. Además, los ayudan a estudiar, a ir a las reuniones y a participar regularmente en la predicación. También los llevan a donde necesiten ir. Y si no pueden salir de casa, les graban las reuniones o disponen lo necesario para que las escuchen por teléfono. Los superintendentes cristianos hacen todo lo posible a fin de que se atiendan las necesidades de los hermanos mayores de su congregación.

Además, cada uno de nosotros puede tomar la iniciativa y ser hospitalario y generoso con los hermanos de edad avanzada. Veamos una experiencia. Cierto hermano mayor enviudó y ya no pudo pagar el alquiler, pues ahora recibía una sola pensión. Él y su esposa les habían hablado de la Biblia a un matrimonio y a sus dos hijas adolescentes. En vista de la situación del hermano, la familia decidió acogerlo en su casa, que era bastante grande, y cederle dos habitaciones. Él llegó a ser uno más de la familia, y durante quince años pasaron muy buenos momentos juntos. Las muchachas aprendieron mucho de su fe y experiencia, y a él le vino muy bien una compañía tan alegre. El hermano vivió con ellos hasta que falleció, a los 89 años de edad. La familia le está muy agradecida a Dios por la bendición que representó tener a este hermano en su hogar. En efecto, esta familia ya ha recibido un inmenso galardón por haber ayudado a un hermano en la fe (Mat. 10:42).

Quizá no nos sea posible ayudar a nuestros hermanos como lo hizo esta familia, pero tal vez sí esté en nuestra mano llevarlos a las reuniones o ir con ellos a predicar. A lo mejor podríamos invitarlos a nuestro hogar o a alguna excursión que hagamos. Y si se encuentran enfermos o no pueden salir de casa, acordémonos de visitarlos. En cualquier caso, nunca olvidemos tratarlos como lo que son: personas adultas. Mientras conserven sus facultades mentales, debemos tomarlos en cuenta en todas las decisiones que tengan que ver con ellos. Hasta las personas que tienen mermada su capacidad mental perciben si se les trata con dignidad o no.

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Maneras prácticas de expresar nuestro cariño a los mayores

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Jehová indica que la obligación de atender a los mayores recae principalmente en sus familiares (1 Timoteo 5:4, 8). A él le complace que las familias cumplan con su deber y que valoren a sus familiares de edad avanzada tanto como él. Estas familias pueden contar con el apoyo y la bendición de Dios por todos sus esfuerzos y sacrificios.

Pero a Jehová también le agrada que las congregaciones ayuden a los mayores que no cuentan con familiares creyentes o con parientes que estén dispuestos a cuidarlos (1 Tim. 5:3, 5, 9, 10). De esta manera, la congregación manifiesta solidaridad, cariño fraternal y tierna compasión (1 Ped. 3:8). Pablo ilustró muy bien ese interés sincero al decir que cuando un miembro del cuerpo sufre, “todos los demás miembros sufren con él” (1 Cor. 12:26). Tomar medidas prácticas a favor de los hermanos mayores está de acuerdo con este principio que expresó Pablo: “Sigan llevando las cargas los unos de los otros, y así cumplan la ley del Cristo” (Gál. 6:2).

¿Qué “cargas” tienen que llevar los hermanos de edad avanzada? Hay quienes se agotan enseguida y se sienten abrumados ante tareas bastante sencillas, como ir al médico, hacer algún trámite, limpiar la casa o preparar la comida. Puesto que con la edad disminuyen el apetito y la sed, algunos no se alimentan bien ni toman suficientes líquidos. Y algo similar puede ocurrirles con las cosas espirituales. A muchos hermanos con problemas en la vista y el oído les resulta difícil leer y asistir a las reuniones. Tan solo prepararse para asistir a una reunión puede dejarles extenuados. ¿Qué pueden hacer los demás para ayudarlos?

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Jehová cuida con ternura a sus siervos de edad avanzada

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“Dios no es injusto para olvidar la obra de ustedes y el amor que mostraron para con su nombre.” (HEB. 6:10.)

AL OBSERVAR el venerable aspecto de un hermano mayor de pelo cano, quizás recordemos la imagen que se da del propio Jehová en el libro de Daniel. El profeta describió así la visión que tuvo: “Seguí contemplando hasta que se colocaron tronos y el Anciano de Días se sentó. La ropa de él era blanca justamente como la nieve, y el cabello de su cabeza era como lana limpia” (Dan. 7:9).

Puesto que la lana sin teñir tiene un color blanquecino, Daniel la usó para describir el cabello de Dios. Tanto el color del cabello como el título “Anciano de Días” simbolizan el incontable tiempo que ha vivido Jehová y la extraordinaria sabiduría que posee. Esta descripción nos hace sentir por él un gran respeto. ¿Y cómo ve Jehová a sus siervos de edad avanzada? Su Palabra dice: “La canicie es corona de hermosura cuando se halla en el camino de la justicia” (Pro. 16:31). Así es, los cristianos fieles que han envejecido son hermosos a los ojos de Dios. Y usted, ¿los ve de la misma manera?

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¿Por qué se dice “amén” al final de las oraciones?

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Tanto en español como en griego, esta palabra es una transliteración del término hebreo ’amén, y quiere decir “así sea” o “ciertamente”. Por lo general, la pronunciaba el público al unísono al final de una oración, un juramento, una bendición o una maldición. Hoy día se usa para indicar que la persona que está escuchando concuerda con lo que se acaba de expresar. Según un diccionario bíblico, conlleva la idea de que “algo es cierto, seguro, válido, confiable y fiel”. En tiempos bíblicos, también se utilizaba cuando alguien se comprometía legalmente a cumplir un juramento o un pacto, así como a asumir las consecuencias en caso de no hacerlo (Deuteronomio 27:15-26).

Durante su ministerio, Jesús utilizó el término griego amḗn al comienzo de algunas de sus afirmaciones. De este modo destacaba que lo que iba a decir era absolutamente cierto. En estos casos, amḗn se traduce “en verdad” o “de cierto” (Mateo 5:18; 6:2, 5; Reina-Valera, 1960). Hubo ocasiones en que Jesús lo pronunció dos veces seguidas, como ocurre en el Evangelio de Juan. En estos casos, la expresión se traduce “muy verdaderamente” (Juan 1:51). Se dice que este uso —característico de Jesús— es único en toda la literatura sagrada.
En las Escrituras Griegas Cristianas, Jesús recibe el título “Amén”, lo que señala que su testimonio es “fiel y verdadero” (Apocalipsis 3:14).

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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Pongamos de manifiesto nuestro progreso espiritual

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“Reflexiona sobre estas cosas; hállate intensamente ocupado en ellas, para que tu adelantamiento sea manifiesto a todos.” (1 TIM. 4:15)

EL JOVEN Timoteo vivía en la provincia romana de Galacia, región situada en la actual Turquía, donde se habían establecido varias congregaciones cristianas en las décadas posteriores a la muerte de Jesús. En cierto momento, tanto Timoteo como su madre y su abuela se hicieron cristianos y miembros activos de una de aquellas congregaciones (2 Tim. 1:5; 3:14, 15). No hay duda de que él estaba muy contento sirviendo junto a los hermanos de la zona, pero de repente sucedió algo que cambiaría su vida.

Todo empezó cuando Timoteo tenía alrededor de 20 años, durante la segunda visita de Pablo a la región. Probablemente mientras se hallaba en Listra, el apóstol supo que los hermanos de las congregaciones de la zona “daban buenos informes acerca de él” (Hech. 16:2). Timoteo de seguro mostró gran madurez para su edad. Bajo la guía del espíritu santo, Pablo y el cuerpo de ancianos local le impusieron las manos y lo apartaron para efectuar una labor especial en la congregación (1 Tim. 4:14; 2 Tim. 1:6).

A Timoteo se le ofreció un privilegio muy especial: ser compañero de viaje del apóstol Pablo (Hech. 16:3). ¡Imagínese lo sorprendido y emocionado que debió de sentirse! Durante los siguientes años viajaría con Pablo y a veces con otros misioneros, llevando a cabo diversas encomiendas en nombre de los apóstoles y de los pastores. Los viajes que hizo junto a Pablo fortalecieron muchísimo a los hermanos (Hechos 16:4, 5). Por consiguiente, muchos cristianos pudieron ver el notable progreso espiritual de Timoteo. Cuando ya llevaba unos diez años a su lado, Pablo escribió en su carta a los Filipenses: “No tengo a ningún otro de disposición como la de él, que genuinamente cuide de las cosas que tienen que ver con ustedes. Pero ustedes saben la prueba que él dio de sí mismo, que, cual hijo con su padre, sirvió como esclavo conmigo en el adelanto de las buenas nuevas” (Fili. 2:20-22).

Para el tiempo en que escribió a los filipenses, Pablo le confió a Timoteo la seria responsabilidad de nombrar pastores (1 Tim. 3:1; 5:22). Está claro que ya era un superintendente digno de confianza. Sin embargo, el apóstol le dio esta exhortación: “Que tu adelantamiento sea manifiesto a todos” (1 Tim. 4:15).

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Busquemos al Dios de nuestra salvación

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Mantener la confianza firme hasta el fin requiere que ejercitemos nuestra fe y escuchemos con cuidado la guía que recibimos de Jehová. El esfuerzo ciertamente vale la pena. Los pilotos sienten gran satisfacción cuando, después de un vuelo largo y difícil, descienden y por fin salen de las densas nubes. Allí al frente ven la tierra, verde y acogedora. La pista de aterrizaje está debajo esperándolos.

A nosotros también nos espera una emocionante experiencia. Este mundo malvado y tenebroso dará paso a una nueva tierra de justicia. Nos espera una acogida maravillosa. Podemos llegar allí si prestamos atención a las palabras del salmista: “Eres mi esperanza, oh Señor Soberano Jehová, mi confianza desde mi juventud. En ti está mi alabanza constantemente”. (Salmo 71:5, 6.)

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La fe depende de un corazón receptivo

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Un corazón receptivo también desempeña un papel importante en fortalecer nuestra confianza en Jehová. Es verdad que “fe es la expectativa segura de las cosas que se esperan, la demostración evidente de realidades aunque no se contemplen”. (Hebreos 11:1.) Pero si no tenemos un corazón receptivo, es poco probable que se nos convenza. (Proverbios 18:15; Mateo 5:6.) Por eso el apóstol Pablo dijo que “la fe no es posesión de todos”. (2 Tesalonicenses 3:2.)

Siendo ese el caso, ¿cómo podemos mantener el corazón sensible a toda la evidencia convincente disponible? Cultivando cualidades piadosas, cualidades que enriquecen y estimulan la fe. Pedro nos insta a ‘suministrar a nuestra fe virtud, conocimiento, autodominio, aguante, devoción piadosa, cariño fraternal y amor’. (2 Pedro 1:5-7; Gálatas 5:22, 23.) Por otra parte, si llevamos una vida egocéntrica o sencillamente ofrecemos a Jehová un servicio de muestra, no es razonable esperar que nuestra fe crezca.

Esdras ‘preparó su corazón’ para leer la Palabra de Jehová y para ponerla por obra. (Esdras 7:10.) Miqueas también tenía un corazón receptivo. “En cuanto a mí, por Jehová me mantendré vigilante. Ciertamente mostraré una actitud de espera por el Dios de mi salvación. Mi Dios me oirá.” (Miqueas 7:7.)



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La verdadera fe

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Para muchas personas, fe significa sencillamente tener algunas creencias religiosas o participar en cierta forma de adoración. Sin embargo, el concepto bíblico de fe alude a la confianza total, absoluta e inquebrantable que se deposita en Dios y sus promesas. Es una de las cualidades que identifican a los discípulos de Cristo.

En una ocasión en que Jesucristo hablaba de la necesidad de orar y “no desistir”, preguntó si habría fe auténtica en nuestros días. Dijo: “Cuando llegue el Hijo del hombre, ¿verdaderamente hallará esta fe sobre la tierra?”.

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martes, 20 de noviembre de 2012

Séptima clave para los matrimonios: Poner un fundamento sólido

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Lo que significa. Toda construcción necesita un buen fundamento para mantenerse en pie durante décadas, y lo mismo sucede con la familia. Esta no se mantiene feliz y estable así porque sí; necesita apoyarse sobre un fundamento sólido, o sea, contar con una guía eficaz.

Por qué es importante. Se ofrecen muchos consejos para la familia en libros, revistas y programas de televisión. Algunos consejeros matrimoniales animan a las parejas con problemas a seguir juntas, mientras que otros les recomiendan que se separen. Y hay expertos que incluso cambian de opinión. Por ejemplo, en 1994, una acreditada terapeuta que se especializa en adolescentes escribió que al principio de su carrera “creía que los hijos estaban mejor con padres separados felices que con padres casados infelices. Pensaba que el divorcio era una opción mejor que la lucha con un mal matrimonio”. Pero después de veinte años de experiencia cambió de opinión y dijo: “El divorcio destroza a muchos niños” (Qué pasa con las niñas de hoy [o Reviviendo a Ofelia]).

Aunque las opiniones suelen cambiar, los mejores consejos siempre reflejan de algún modo los principios que contiene la Biblia, la Palabra de Dios. Al leer esta serie de artículos se destacan diversos principios bíblicos que han ayudado a muchas familias a ser realmente felices aunque experimenten problemas como todas las demás. La diferencia estriba en que la Biblia les ha proporcionado un fundamento sólido para la vida matrimonial y familiar. Y eso es lo que se esperaría de la Biblia, pues su Autor, Jehová Dios, fue quien instituyó la familia (2 Timoteo 3:16, 17).

Sugerencia. Anote en un papel los textos bíblicos citados y añada cualquier otro texto que lo haya ayudado personalmente. Mantenga esa lista a mano y consúltela a menudo.

Tome una determinación. Propóngase poner en práctica los principios bíblicos en su vida familiar.

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Sexta clave para los matrimonios: Saber perdonar

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“Continúen soportándose unos a otros y perdonándose liberalmente unos a otros.” (Colosenses 3:13)

Lo que significa. Los matrimonios felices aprenden del pasado, pero no llevan cuenta de viejos agravios ni los usan como base para hacer generalizaciones del tipo “Tú siempre llegas tarde” o “Tú nunca escuchas”. Tanto el esposo como la esposa creen que “es hermosura de su parte pasar por alto la transgresión” (Proverbios 19:11).

Por qué es importante. Dios está “listo para perdonar”, pero los seres humanos no siempre lo están (Salmo 86:5). Cuando las diferencias se dejan sin resolver, el resentimiento se va acumulando hasta alcanzar un punto en que parece imposible perdonar. Entonces los cónyuges se aíslan emocionalmente, es decir, cada uno se vuelve insensible a los sentimientos del otro. En consecuencia, ambos quedan atrapados en un matrimonio sin amor.

Hágase un autoexamen. Mire fotos de cuando ustedes eran novios o llevaban menos tiempo de casados. Trate de revivir el cariño que sentía por su cónyuge antes de que surgieran los problemas que empañaron la imagen que tenía de él. Luego piense en las cualidades que le atrajeron de su cónyuge en aquel entonces.

▪ ¿Qué cualidades de su cónyuge admira más en la actualidad?

▪ Medite en los efectos positivos que podría tener en sus hijos el que usted esté más dispuesto a perdonar.

Tome una determinación. Piense en una o dos cosas que podría hacer para no volver a mencionar las ofensas pasadas cuando tenga algún desacuerdo con su cónyuge.

¿Por qué no elogia a su cónyuge por sus cualidades? (Proverbios 31:28, 29.)

Busque maneras de mostrar perdón a sus hijos.

¿Por qué no analiza con sus hijos el tema del perdón y cómo beneficia esta cualidad a todos los miembros de la familia?

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Quinta clave para los matrimonios: Ser razonable

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“Llegue a ser conocido lo razonables que son ustedes.” (Filipenses 4:5)

Lo que significa. En las familias felices, ambos cónyuges son indulgentes con las faltas del otro (Romanos 3:23). Además, no son ni excesivamente estrictos ni demasiado permisivos con sus hijos. Establecen una cantidad razonable de normas, y cuando es necesario corregir a los hijos, lo hacen “hasta el grado debido” (Jeremías 30:11).

Por qué es importante. La Biblia dice que “la sabiduría de arriba es razonable” (Santiago 3:17). Si Dios mismo no espera perfección de los seres humanos, ¿por qué debería una persona esperarla de su cónyuge? En realidad, ser demasiado quisquilloso solo sirve para crear resentimiento, no para mejorar las cosas. Lo más sensato es aceptar el hecho de que “todos tropezamos muchas veces” (Santiago 3:2).

Los buenos padres son razonables con sus hijos. No los disciplinan en exceso ni son “difíciles de complacer” (1 Pedro 2:18). Conceden más libertades a sus hijos adolescentes a medida que estos van demostrando que son responsables. Y no tratan de controlarlos hasta en el más mínimo detalle. Una obra especializada señala que tratar de controlar todo aspecto de la vida de un adolescente “podría compararse a bailar una frenética y agotadora danza ceremonial para invocar la lluvia. No lloverá, pero ustedes los padres quedarán exhaustos”.

Hágase un autoexamen. Evalúe hasta qué grado es usted razonable planteándose las siguientes preguntas:

▪ ¿Cuándo fue la última vez que alabé a mi cónyuge?

▪ ¿Cuándo fue la última vez que lo critiqué?

Tome una determinación. Si le costó mucho responder la primera pregunta, pero no tuvo ningún problema con la segunda, piense en cómo podría ser más razonable.

¿Por qué no deciden juntos lo que cada uno podría hacer?

Piense en algunas libertades que podría concederle a su hijo adolescente conforme vaya siendo más responsable.

¿Por qué no habla francamente con su hijo sobre temas como la hora de volver a casa?

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Cuarta clave para los matrimonios: Mostrar respeto

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“Que se quiten toda [...] gritería y habla injuriosa.” (Efesios 4:31)

Lo que significa. En todas las familias se producen desacuerdos, pero las que son felices los afrontan sin recurrir al sarcasmo, los insultos u otras palabras hirientes. Los miembros de dichas familias tratan a los demás como quisieran que los trataran a ellos (Mateo 7:12).

Por qué es importante. Las palabras pueden ser un arma de efectos devastadores. Un proverbio bíblico afirma: “Vale más la soledad que la vida matrimonial con una persona peleonera y de mal genio” (Proverbios 21:19, Traducción en lenguaje actual). Y en cuanto a la crianza de los hijos, la Biblia aconseja: “No estén exasperando a sus hijos, para que ellos no se descorazonen” (Colosenses 3:21). Si se critica constantemente a los hijos, estos podrían llegar a pensar que es imposible complacer a sus padres, e incluso dejar de intentarlo.

Hágase un autoexamen. Evalúe el grado de respeto que se muestran los miembros de su familia planteándose las siguientes preguntas:

▪ Si se produce algún desacuerdo familiar, ¿suele terminar alguien marchándose furioso de la habitación?

▪ Cuando me dirijo a mi cónyuge o a mis hijos, ¿los insulto con palabras como tonto o idiota?

▪ ¿Me crié en un ambiente donde era común el maltrato verbal?

Tome una determinación. Piense en una o dos maneras de ser más respetuoso al hablar. (Por ejemplo, usar expresiones en primera persona, como “Me siento mal cuando...”, en vez de “Tú siempre...”.)

¿Por qué no le comunica a su cónyuge la determinación que ha tomado? Deje que pasen tres meses y pregúntele si ha notado mejoras.

Piense en qué límites podría fijarse para no caer en el maltrato verbal cuando hable con sus hijos.

¿Por qué no pide disculpas a sus hijos por las veces en que les haya hablado de forma áspera o sarcástica?

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Tercera clave para los matrimonios: Trabajar en equipo

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“Mejores son dos que uno. Si uno de ellos cae, el otro puede levantar a su socio.” (Eclesiastés 4:9, 10)

Lo que significa. Los matrimonios felices respetan el principio de autoridad que la Palabra de Dios establece (Efesios 5:22-24). Ahora bien, trabajan en equipo, o sea, no actúan de forma independiente como si aún fueran solteros. La Biblia indica que son “una sola carne”, es decir, que tienen una relación permanente y muy estrecha (Génesis 2:24).

Por qué es importante. Si usted y su cónyuge no trabajan en equipo, pronto podrían convertir cualquier dificultad menor en algo grave y empezar a atacarse el uno al otro, en vez de combatir juntos el problema. Ahora bien, si trabajan en equipo, serán como un piloto y un copiloto que siguen el mismo plan de vuelo, y no como dos pilotos en aviones diferentes a punto de colisionar. En lugar de perder tiempo y energía emocional lanzándose acusaciones cuando no estén de acuerdo, buscarán soluciones prácticas.

Hágase un autoexamen. Determine si tiene un buen espíritu de equipo planteándose las siguientes preguntas:

▪ ¿Considero mi sueldo como “mi dinero” porque fui yo quien lo ganó?

▪ ¿Limito el trato con la familia de mi cónyuge aunque este tenga una relación muy estrecha con ellos?

▪ ¿Necesito estar sin mi pareja para relajarme de verdad?

Tome una determinación. Piense en una o dos maneras de mejorar su espíritu de equipo en el matrimonio.

¿Por qué no le pide sugerencias a su cónyuge?

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Segunda clave para los matrimonios: Tener sentido de compromiso

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“Lo que Dios ha unido bajo un yugo, no lo separe ningún hombre.” (Mateo 19:6)

Lo que significa. Las parejas felices consideran que su matrimonio es una unión permanente. Cuando surge algún problema, tratan de resolverlo en vez de utilizarlo como excusa para separarse. Si los cónyuges tienen un profundo sentido de compromiso, se sienten más seguros, pues confían en que ambos respetarán el vínculo matrimonial.

Por qué es importante. El compromiso es, en muchos aspectos, el eje del matrimonio. Aun así, cuando las discusiones son habituales, dicho compromiso puede verse como algo que se cumple más por obligación que por devoción. En efecto, la frase “hasta que la muerte nos separe” se convierte en un mero contrato, uno que ambos cónyuges quisieran tener la oportunidad de cancelar. Tal vez no se separen literalmente, pero podrían hacerlo de otras maneras: por ejemplo, obstinándose en guardar silencio cuando hay que tratar temas importantes.

Hágase un autoexamen. Evalúe su sentido de compromiso planteándose las siguientes preguntas:

▪ Cuando estamos en medio de una discusión, ¿suelo lamentar haberme casado con esta persona?

▪ ¿Tengo la costumbre de imaginarme que estoy con alguien que no es mi cónyuge?

▪ ¿Le digo a veces a mi cónyuge que voy a dejarlo o que pienso buscar a alguien que sí me valore?

Tome una determinación. Piense en una o dos cosas que usted podría hacer para fortalecer su sentido de compromiso. (Por ejemplo, escribir de vez en cuando una nota a su cónyuge, tener fotos suyas a la vista en el lugar donde trabaja o llamarlo por teléfono desde allí tan solo para mantenerse en contacto.)

¿Por qué no piensa en algunas cosas que podría hacer y pregunta a su cónyuge qué preferiría?

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Primera clave para los matrimonios: Fijar bien las prioridades

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“Aseg[úrense] de las cosas más importantes.” (Filipenses 1:10)

Lo que significa. En los matrimonios felices, cada cónyuge pone las necesidades de su pareja por encima de las suyas y de las posesiones, el trabajo, las amistades e incluso otros familiares. El marido y la mujer pasan mucho tiempo el uno con el otro y con sus hijos. Ambos están dispuestos a sacrificarse por el bien de la familia (Filipenses 2:4).

Por qué es importante. La Biblia concede gran valor a la familia. De hecho, el apóstol Pablo afirmó que todo el que no provee para los suyos “es peor que una persona sin fe” (1 Timoteo 5:8). Pero con el tiempo puede que las prioridades de la gente cambien. Por ejemplo, en el libro Los 7 hábitos de las familias altamente efectivas, un consejero familiar mencionó que muchos de los asistentes a una de sus conferencias parecían estar más interesados en su profesión que en su familia. Según él, era como si esperaran “aprender técnicas de remedio rápido que les permitieran marcar ‘familia’ en sus listas de ‘cosas por hacer’ y volver a enfocarse en sus profesiones”. En otras palabras, decir que uno pone a la familia en primer lugar es más fácil que demostrarlo.

Hágase un autoexamen. Evalúe su orden de prioridades planteándose las siguientes preguntas:

▪ Si mi cónyuge o mi hijo necesitan hablar, ¿les presto atención lo antes posible?

▪ Cuando hablo de mis actividades diarias, ¿suelo incluir las que realizo con mi familia?

▪ ¿Estaría dispuesto a rechazar responsabilidades adicionales, sean de trabajo o de otra índole, para no quitarles tiempo a los míos?

Si contestó afirmativamente a las preguntas anteriores, quizás piense que ha fijado bien sus prioridades. Pero ¿qué dirían su cónyuge y sus hijos? La opinión que tengamos de nosotros mismos no es el único criterio para evaluar nuestro orden de prioridades. Y este mismo principio es aplicable a las otras seis claves que se analizarán en las siguientes páginas.

Tome una determinación. Piense en una o dos maneras de demostrar que su familia es lo primero. (Por ejemplo, reducir la participación en ciertas actividades a fin de dedicar ese tiempo al cónyuge y los hijos.)

¿Por qué no les cuenta a los suyos lo que ha decidido? Cuando un miembro de la familia está dispuesto a hacer cambios, es más probable que los otros también lo estén.

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sábado, 17 de noviembre de 2012

Sigamos las advertencias de Jesús contra la inmoralidad

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Jesús siempre respaldó las normas divinas sobre moralidad sexual. Dijo: “¿No leyeron que el que los creó desde el principio los hizo macho y hembra y dijo: ‘Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se adherirá a su esposa, y los dos serán una sola carne’? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios ha unido bajo un yugo, no lo separe ningún hombre” (Mat. 19:4-6). Cristo sabía, además, que lo que entra por los ojos llega hasta el corazón. Por eso, en el Sermón del Monte señaló: “Oyeron ustedes que se dijo: ‘No debes cometer adulterio’. Pero yo les digo que todo el que sigue mirando a una mujer a fin de tener una pasión por ella ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mat. 5:27, 28). La persona que no hace caso de estos consejos de Jesús está alimentando en su interior amor por la maldad.

A fin de fomentar la inmoralidad, Satanás ha inundado la sociedad actual de imágenes pornográficas. Una vez que se contemplan, son difíciles de borrar de la mente, y llegan a crear adicción. Así le sucedió a un cristiano, quien confiesa: “Miraba pornografía en secreto. Había creado mi propio mundo de fantasía, y lo veía como algo aparte del mundo donde servía a Jehová. Sabía que lo que hacía estaba mal, pero aun así me decía que Dios seguía aceptando mi adoración”. ¿Qué le ayudó a cambiar de actitud? “Aunque fue lo más difícil que he tenido que hacer —explica—, decidí hablar del problema con los ancianos.” Con el tiempo, logró vencer aquel sucio hábito. “Una vez que me libré de ese pecado —señala—, sentí por fin que mi conciencia estaba limpia de verdad.” No hay duda: solo se puede odiar la pornografía si se ha aprendido a odiar la maldad.

La música y la letra de las canciones pueden dejar una profunda huella en nuestros sentimientos y, por consiguiente, en nuestro corazón. Es verdad que la música es un don de Dios y que se ha utilizado por siglos en su adoración (Éxo. 15:20, 21; Efe. 5:19). Pero no es menos cierto que las canciones de este mundo ensalzan la inmoralidad (1 Juan 5:19). ¿Cómo podemos determinar si lo que escuchamos nos está corrompiendo?

Pudiéramos preguntarnos: “¿Qué dicen las canciones que escucho? ¿Exaltan el asesinato, el adulterio, la fornicación y el lenguaje obsceno? Si le leyera la letra a otra persona, ¿pensaría ella que detesto la maldad o, por el contrario, que tengo el corazón contaminado?”. No podemos afirmar que odiamos el pecado y al mismo tiempo escuchar canciones que lo alaban. Jamás olvidemos lo que dijo Jesús: “Las cosas que proceden de la boca salen del corazón, y esas cosas contaminan al hombre. Por ejemplo, del corazón salen razonamientos inicuos, asesinatos, adulterios, fornicaciones, hurtos, testimonios falsos, blasfemias” (Mat. 15:18, 19; Santiago 3:10, 11).

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Evitemos el ocultismo

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Durante toda su vida en la Tierra, Jesús se opuso con firmeza a Satanás y sus demonios. Cuando el Diablo lanzó ataques directos contra él, se mantuvo leal (Luc. 4:1-13). Y también supo resistir cuando el Enemigo intentó de forma más velada corromper su pensamiento y conducta (Mat. 16:21-23). Además, a muchas personas necesitadas de su ayuda las libró del cruel dominio de los espíritus malignos (Mar. 5:2, 8, 12-15; 9:20, 25-27).

La Biblia nos previene claramente contra los peligros del espiritismo y las demás formas de ocultismo (Deuteronomio 18:10-12). Hoy, Satanás y sus demonios influyen en la forma de pensar de la gente a través de películas, libros y videojuegos que promueven las prácticas ocultistas. Por eso es conveniente analizar el tipo de entretenimiento que seleccionamos.

Preguntémonos: “En los últimos meses, ¿he elegido películas, programas de televisión, juegos electrónicos, libros o historietas que giran en torno a la magia o lo sobrenatural? ¿Comprendo la importancia de rechazar el ocultismo, o les resto gravedad a sus peligros? ¿He pensado en cómo ve Jehová mis diversiones? ¿He bajado la guardia ante estas influencias satánicas? En ese caso, ¿estoy decidido a cerrarles de una vez por todas las puertas de mi mente y así demostrar amor por Jehová y sus justos principios?” (Hech. 19:19, 20).

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Seamos prudentes con el alcohol

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En diversas ocasiones, Jesús tomó vino, sabiendo que es un regalo de Dios (Sal. 104:14, 15). Sin embargo, nunca cayó en excesos con la bebida (Pro. 23:29-33). Por eso pudo recomendar sin ninguna hipocresía que se evitaran tales abusos (Lucas 21:34). El consumo inmoderado de alcohol puede conducir a otros graves pecados. De ahí que Pablo escribiera: “No anden emborrachándose con vino, en lo cual hay disolución o conducta desenfrenada, sino sigan llenándose de espíritu” (Efe. 5:18). Además, exhortó a las hermanas de edad avanzada a que no estuvieran “esclavizadas a mucho vino” (Tito 2:3).

Si nuestra conciencia nos permite consumir alcohol, deberíamos preguntarnos: “¿Tengo la misma actitud que Jesús frente a los excesos con la bebida? Si me viera en la necesidad de aconsejar a un hermano sobre este asunto, ¿podría hacerlo con franqueza? ¿Bebo para olvidar los problemas y relajarme? ¿Cuánto alcohol consumo semanalmente? ¿Cómo reacciono cuando alguien da a entender que me estoy excediendo? ¿Me pongo a la defensiva o incluso me enojo?”. Si dejamos que el vino nos esclavice, se verán afectadas las facultades que nos permiten razonar con claridad y tomar decisiones sabias. Y eso es algo que, como cristianos, no podemos permitir, pues siempre debemos proteger nuestra capacidad de pensar (Pro. 3:21, 22).

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¿Odiamos la maldad?

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“Odiaste el desafuero.” (HEB. 1:9)

EN CIERTA ocasión, Jesús indicó a sus discípulos cuál debía ser la cualidad más importante para ellos: “Les doy un nuevo mandamiento: que se amen unos a otros; así como yo los he amado, que ustedes también se amen los unos a los otros. En esto todos conocerán que ustedes son mis discípulos, si tienen amor entre sí” (Juan 13:34, 35). Con estas palabras les estaba mandando que se demostraran mutuamente amor abnegado, un amor que los identificaría como sus verdaderos seguidores. Y en otra ocasión también los exhortó: “
Continúen amando a sus enemigos y orando por los que los persiguen” (Mat. 5:44).

Pero Jesús no solo enseñó a sus discípulos lo que debían amar, sino también lo que tenían que odiar. Una profecía dijo lo siguiente sobre Cristo: “Amaste la justicia, y odiaste el desafuero”, o, lo que es lo mismo, “la iniquidad” o maldad (Heb. 1:9; Sal. 45:7). Su ejemplo nos muestra que, además de cultivar amor por la justicia, tenemos que cobrarle odio al pecado, a todo lo que está en contra de la ley de Jehová. Cabe señalar que el apóstol Juan dijo claramente: “Todo el que peca viola la ley de Dios, porque todo pecado va en contra de la ley de Dios” (1 Juan 3:4, Nueva Traducción Viviente).


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“Obedecer es mejor que un sacrificio”

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EL PRIMER rey de Israel se llamaba Saúl. Aunque había sido elegido por Dios, terminó volviéndose desobediente.

¿Qué errores cometió? ¿Pudo haberlos evitado? ¿Qué lecciones nos enseña su historia?

Jehová anuncia quién es el elegido

Antes del reinado de Saúl, el profeta Samuel era el principal representante de Dios en Israel. Pero había envejecido, y sus hijos no eran fieles a Jehová. Además, la nación se encontraba bajo el acoso constante de sus enemigos. Por eso, cuando los ancianos del país le pidieron al profeta que designara un rey para que los guiara en las batallas y los juzgara, Jehová dispuso que ungiera a Saúl, y dijo: “Él tendrá que salvar a mi pueblo de la mano de los filisteos” (1 Sam. 8:4-7, 20; 9:16).

Saúl era “joven y bien parecido”. Pero tenía otras excelentes cualidades. Para empezar, era humilde. Por este motivo le preguntó a Samuel: “¿No soy yo un benjaminita de la más pequeña de las tribus de Israel, y no es mi familia la más insignificante de todas las familias de la tribu de Benjamín? ¿Por qué, pues, me has hablado semejante cosa?”. Es evidente que no daba demasiada importancia ni a su persona ni a su familia, y eso que su padre, Quis, era “poderoso en riquezas” (1 Sam. 9:1, 2, 21).

La humildad de Saúl también se ve por la forma en que reaccionó cuando fue proclamado públicamente rey de Israel. Antes de esto, había sido ungido en privado por Samuel, quien le había dicho: “Haz lo que tu mano halle posible, porque el Dios verdadero está contigo”. Pero ¿qué hizo luego, cuando el profeta convocó al pueblo para transmitirle la decisión de Jehová? En el momento en que se hizo el anuncio, no aparecía por ningún lado. Era tan tímido que se había escondido. Jehová tuvo que revelarle al profeta dónde se había metido Saúl, y así pudo proclamarlo rey (1 Sam. 10:7, 20-24).

En el campo de batalla

Si algunos pensaron que Saúl no estaba a la altura de su cargo, enseguida pudieron ver lo equivocados que estaban. En cierta ocasión, cuando los ammonitas amenazaron una ciudad de Israel, “el espíritu de Dios entró en operación” en él y le infundió poder. Con autoridad, el rey mandó llamar a los guerreros de la nación, los organizó y los guió a la victoria. No obstante, atribuyó el triunfo a Dios con estas palabras: “Hoy Jehová ha ejecutado un acto de salvación en Israel” (1 Sam. 11:1-13).

Saúl tenía muy buenas cualidades y contaba con la bendición del cielo. También reconocía a Dios como la fuente del poder. No obstante, para que él y sus súbditos siguieran obteniendo éxitos, debían cumplir con una condición esencial, tal como indicó Samuel a los israelitas: “Si ustedes temen a Jehová y realmente le sirven y obedecen su voz, y no se rebelan contra la orden de Jehová, tanto ustedes como el rey que tiene que reinar sobre ustedes ciertamente resultarán ser fieles seguidores de Jehová su Dios”. El profeta mencionó luego la garantía divina para quienes fueran leales: “Jehová no abandonará a su pueblo, por causa de su gran nombre, porque Jehová ha tomado a su cargo hacerlos pueblo suyo” (1 Sam. 12:14, 22).
La obediencia siempre ha sido y será la clave para conseguir la aprobación de Dios. Cuando los siervos de Jehová cumplen sus mandamientos, él los bendice. Pero el resultado es muy distinto si no lo hacen.

“Has obrado tontamente”

Prosigamos con la historia de Saúl. Su siguiente acción militar llevó a que los filisteos respondieran lanzando un ataque con un ejército comparable a “los granos de arena que están a la orilla del mar por multitud. Y los hombres de Israel mismos vieron que estaban en grave aprieto, pues el pueblo se hallaba en severa estrechez; y la gente fue escondiéndose en las cuevas y en los huecos y en los peñascos y en las bóvedas y en las cisternas” (1 Sam. 13:5, 6). ¿Qué haría el rey?

Samuel le había dicho que lo esperara en Guilgal, donde ofrecería sacrificios a su favor. El rey así lo hizo, pero el profeta no llegaba y el ejército se estaba dispersando. De modo que se puso a hacer las ofrendas por su cuenta. Acto seguido llegó Samuel, y al enterarse de lo que había hecho, le dijo: “Has obrado tontamente. No has guardado el mandamiento de Jehová tu Dios que él te mandó, porque, si lo hubieras guardado, Jehová hubiera hecho firme tu reino sobre Israel hasta tiempo indefinido. Y ahora tu reino no durará. Jehová ciertamente se hallará un hombre agradable a su corazón; y Jehová lo comisionará como caudillo sobre su pueblo, porque tú no guardaste lo que Jehová te mandó” (1 Sam. 10:8; 13:8, 13, 14).

La falta de fe había llevado a Saúl a cometer la insolencia de violar la ley de Dios en vez de esperar a que Samuel llegara para ofrecer el sacrificio. ¡Qué diferente había sido su proceder del de Gedeón, quien tiempo atrás había comandado los ejércitos de Israel! Jehová le dio instrucciones de que redujera sus efectivos de 32.000 a 300, y Gedeón así lo hizo. ¿Por qué obedeció? Porque tenía fe. Y gracias a la ayuda divina, derrotó a 135.000 invasores (Jue. 7:1-7, 17-22; 8:10). Es obvio que Jehová también pudo haber ayudado a Saúl. Pero como el rey fue desobediente, no lo hizo. Como resultado, los israelitas sufrieron los saqueos de las tropas filisteas (1 Sam. 13:17, 18).

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos cuando nos vemos bajo presión y tenemos que tomar decisiones? Para la persona que no tiene fe, lo más práctico es dejar de lado los principios divinos. Así lo hizo Saúl, quien tal vez pensara que su actuación había sido sensata en vista de que Samuel estaba ausente. Sin embargo, para la persona que busca la aprobación de Dios, el único camino correcto es seguir los principios bíblicos pertinentes.

Jehová rechaza a Saúl

En una campaña contra Amaleq, Saúl volvió a cometer una grave falta. Jehová ya había condenado a aquella nación por haber atacado sin motivo alguno a los israelitas durante su éxodo de Egipto (Éxo. 17:8; Deu. 25:17, 18). Para colmo, en el tiempo de los jueces, los amalequitas se habían unido a otros reinos en sus ataques al pueblo elegido (Jue. 3:12, 13; 6:1-3, 33). Por eso, Dios ordenó a Saúl que les diera su merecido (1 Sam. 15:1-3).

Pero en vez de obedecer la orden de aniquilar a aquella nación hostil junto con sus posesiones, Saúl le perdonó la vida al rey y conservó los mejores animales. ¿Qué hizo cuando Samuel le recriminó su conducta? Trató de echarles la culpa a otros diciendo: “El pueblo le tuvo compasión a lo mejor del rebaño y de la vacada, con el propósito de hacer sacrificios a Jehová”. Da igual si Saúl tenía de veras la intención de sacrificarlos o no. El hecho es que desobedeció. Aunque en su día había sido “pequeño a [sus] propios ojos”, perdió la humildad. Por eso, el profeta le señaló que había ofendido a Dios y le dijo: “¿Se deleita tanto Jehová en ofrendas quemadas y sacrificios como en que se obedezca la voz de Jehová? ¡Mira! El obedecer es mejor que un sacrificio. Puesto que tú has rechazado la palabra de Jehová, él te rechaza de ser rey” (1 Sam. 15:15, 17, 22, 23).

Además, Jehová le retiró su fuerza activa y su bendición, de modo que “un espíritu malo” —o sea, una mala disposición— se apoderó de él. Lo invadieron las sospechas y la envidia hacia David, el hombre al que Jehová confiaría más tarde el reino. De hecho, en más de una ocasión trató de matarlo. La Biblia señala que al ver que “Jehová estaba con David”, Saúl “llegó a ser su enemigo siempre” y lo persiguió con la intención de eliminarlo. Incluso mandó ejecutar a 85 sacerdotes, entre otras personas. No es de extrañar que Dios lo abandonara (1 Sam. 16:14; 18:11, 25, 28, 29; 19:10, 11; 20:32, 33; 22:16-19).

Más tarde, cuando los filisteos volvieron a atacar, el primer rey de Israel demostró una vez más lo desobediente que era, pues recurrió al espiritismo en un intento de conseguir ayuda. Pero fue en vano, pues al día siguiente cayó gravemente herido en combate y terminó suicidándose (1 Sam. 28:4-8; 31:3, 4). La Biblia explica así la razón de tan trágico desenlace: “Murió Saúl por su infidelidad con que había obrado infielmente contra Jehová respecto a la palabra de Jehová que no había guardado, y también por preguntar a una médium espiritista para inquirir. Y no inquirió de Jehová” (1 Cró. 10:13, 14).

Su pésimo ejemplo nos enseña que obedecer a Jehová es más importante que ofrecerle cualquier sacrificio. Bien lo dijo el apóstol Juan: “Esto es lo que el amor de Dios significa: que observemos sus mandamientos; y, sin embargo, sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3). Jamás olvidemos esta verdad fundamental: si queremos seguir siendo amigos de Dios, tenemos que obedecerle.

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Una muchacha muy querida

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HOY te voy a hablar de una joven muy especial. Se trata de la hija de Jefté. La Biblia no dice cómo se llamaba, pero sí nos dice lo que le sucedió. Repasemos juntos la historia de Jefté y de su hija. Ya verás que Jehová Dios la quería mucho, y sus amigas también.

Esta historia se encuentra en el capítulo 11 del libro de Jueces. Como Jefté era un hombre que servía a Dios, seguro que siempre leía las Escrituras con su hija, tal como mandaba Dios a los padres israelitas.

En aquellos años, los israelitas no tenían un rey que los gobernara. Pero estaban en problemas y necesitaban un líder. Sus enemigos, los ammonitas, llevaban algún tiempo atacándolos. Como Jefté era un guerrero fuerte y valiente, los israelitas le pidieron que los ayudara.

Jefté quería que Dios lo apoyara en la batalla, así que le hizo una promesa. Le dijo que si le daba la victoria, él le entregaría a la primera persona que saliera de su casa a recibirlo. Esa persona tendría que mudarse al tabernáculo —el lugar donde la gente iba a adorar a Dios— y servir allí toda su vida. ¿Ganó Jefté la batalla? Sí. ¿Y sabes quién fue la primera persona que salió a recibirlo al llegar a su casa?...

Sí, su hija. Al principio, Jefté se puso muy triste, pues no tenía más hijos. Pero él le había hecho una promesa a Jehová, y tenía que cumplirla. Y su hija no se quejó. Al contrario, lo animó a que cumpliera con su palabra. Luego le pidió permiso para pasar dos meses en las montañas. ¿Por qué? Porque se sentía triste. Sabía que cuando se fuera a vivir en el tabernáculo, ya no podría casarse ni tener hijos. Y seguro que le hubiera gustado tener una familia. Pero para ella era más importante obedecer a su padre y ser leal a Jehová. ¿No crees que tanto Jehová como Jefté se sintieron muy contentos con ella?...

Jefté dejó que su hija pasara dos meses con sus amigas. Cuando regresó, la envió al tabernáculo, tal y como le había prometido a Jehová. Todos los años, las jóvenes de Israel iban a Siló, donde estaba el tabernáculo, a visitar a la hija de Jefté y darle ánimo. Ella pasó allí el resto de su vida.


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Inculquen en sus hijos valores que los protejan

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Loida, una madre de México, dice: “Como en las escuelas reparten condones, los muchachos creen que, siempre y cuando se protejan, tener relaciones está bien”.

Nobuko, una madre de Japón, cuenta: “Cuando le pregunté a mi hijo qué debe hacer si él y su novia se quedan solos, me contestó: ‘No sé’”.

SEGURO que cuando su pequeño comenzó a dar sus primeros pasos, ustedes hicieron todo lo posible por evitar que se hiciera daño. Tal vez cubrieron las tomas de corriente, escondieron los objetos punzantes e instalaron vallas en las escaleras.
Pero ahora que es un adolescente, los peligros son más serios, y la tarea de protegerlo, más complicada. Quizá se pregunten si su hijo está viendo pornografía, o si su hija se ha tomado fotos eróticas y las está enviando por el celular. Es más, puede que les robe el sueño la siguiente inquietud: “¿Estará teniendo relaciones sexuales?”.

Una falsa sensación de control

Algunos padres piensan que la solución está en vigilar a sus hijos las veinticuatro horas del día. Pero con el tiempo, estos padres descubren que sus hijos se han hecho expertos en burlar la vigilancia y que practican a escondidas todo lo que tenían prohibido.
Está claro que controlarles hasta el menor movimiento no es la mejor estrategia. Ni siquiera Jehová Dios se vale de esa táctica para que sus criaturas le obedezcan (Deuteronomio 30:19). Entonces, ¿qué pueden hacer para asegurarse de que sus hijos tomen decisiones sabias y conserven la castidad? (Proverbios 27:11.)

Algo esencial es conversar frecuentemente sobre el tema. Lo mejor es empezar en la niñez, pero no dejen de hacerlo cuando sus hijos se hagan adolescentes (Proverbios 22:6). Recuerden que ustedes deben ser su principal fuente de información. Alicia, una joven de Gran Bretaña, declara: “Hay quienes piensan que preferimos hablar de sexo con los amigos, pero la realidad es que a muchos nos gusta escuchar a nuestros padres. Lo que ellos dicen es más confiable”.

Necesitan valores

Si su hijo es adolescente, seguro que ya sabe de dónde vienen los bebés. Pero eso no basta. Es preciso que tenga “sus facultades perceptivas entrenadas para distinguir tanto lo correcto como lo incorrecto” (Hebreos 5:14). Los jóvenes deben desarrollar valores morales, principios sólidos que los ayuden a tomar buenas decisiones. Pero ¿qué pueden hacer ustedes para que sus hijos adopten esos valores y se rijan por ellos?

Para empezar, analicen sus propios valores. Tal vez estén convencidos de que la fornicación —es decir, tener relaciones sexuales fuera del matrimonio— es un pecado (1 Tesalonicenses 4:3). Sin duda, sus hijos conocen su postura, y es probable que hasta puedan recitar de memoria los textos bíblicos que la apoyan. Por tanto, si se les pide su opinión, enseguida dirán que la fornicación está mal.

Pero se requiere algo más. Un libro sobre educación sexual, titulado Sex Smart, explica que muchos jóvenes sencillamente repiten lo que les dicen sus padres porque “aún no tienen sus propias convicciones”. Y añade: “Cuando se hallan ante una situación en la que tienen solo unos segundos para decidir hasta dónde van a llegar, se ven en un grave aprieto”. Por eso es tan importante que tengan buenos valores. ¿Cómo pueden ayudarlos?

Expresen sus valores. ¿Creen ustedes que se debe esperar a estar casado para tener relaciones sexuales? Entonces, díganselo a sus hijos con frecuencia y de forma clara. Según cierto libro sobre el tema, se ha demostrado que “cuando los padres les recalcan a sus hijos que el sexo entre adolescentes les parece totalmente inaceptable, estos suelen dejar para más adelante las relaciones sexuales” (Beyond the Big Talk).

Ahora bien, como vimos, el hecho de que los hijos conozcan cuáles son los valores de sus padres no garantiza que los vayan a adoptar. Con todo, tales valores pueden servirles como base para ir formando su propio código de conducta. Además, los estudios han revelado que muchos jóvenes terminan aceptando los valores de sus padres, aun cuando en la adolescencia los echaran a un lado.

¿POR QUÉ NO INTENTAN ESTO? Aprovechen alguna noticia para iniciar una conversación que les permita expresar sus valores. Por ejemplo, si en el noticiero se informa sobre un delito sexual, podrían decir algo como: “Es terrible que haya hombres que vean a las mujeres como simples objetos sexuales. ¿Qué crees que los lleva a eso?”.

Denles un cuadro completo. Es cierto que a los hijos hay que advertirles sobre los peligros del sexo (1 Corintios 6:18; Santiago 1:14, 15). Pero recuerden que en la Biblia el sexo se presenta como un regalo del Creador, y no como una trampa de Satanás (Proverbios 5:18, 19; El Cantar de los Cantares 1:2). Si al hablar del tema con sus hijos siempre resaltan los aspectos negativos, ellos se harán un concepto de la sexualidad que ni es el correcto ni se basa en las Escrituras. Fíjense en lo que dice Corrina, una joven de Francia: “Como mis padres me daban muchos sermones sobre la inmoralidad sexual, llegué a mirar el sexo con malos ojos”.

Así que procuren que sus hijos conozcan toda la verdad sobre el sexo. Nadia, una madre mexicana, dice: “Siempre he querido que mis hijos comprendan que las relaciones sexuales son algo natural, un hermoso regalo que Jehová ha hecho a los casados. Quiero que entiendan que el sexo puede traerles alegrías o disgustos; todo depende de lo que decidan hacer con ese regalo”.

¿POR QUÉ NO INTENTAN ESTO? La próxima vez que surja el tema, terminen la conversación con un comentario positivo. No tengan miedo de decirles a sus hijos que las relaciones sexuales son un don de Dios y que podrán disfrutar de ellas cuando se casen. Háganles saber que ustedes confían en que, mientras llega ese momento, ellos sabrán comportarse en armonía con los principios bíblicos.

Ayúdenlos a pensar en las consecuencias. A fin de tomar buenas decisiones, no sirve con solo saber lo que está bien y lo que está mal. Hay que aprender a evaluar las opciones que tenemos y a reconocer las ventajas y desventajas de cada una. Una cristiana de Australia llamada Emma cuenta: “De joven, conocía bien las normas de Dios. Pero no estaba muy convencida. Los errores que cometí me enseñaron que es imprescindible tener claro por qué conviene obedecer esas normas y qué te sucederá si las pasas por alto”.

A este respecto, la Biblia es de gran ayuda, pues a la vez que expone las leyes de Dios, nos explica las consecuencias de violarlas. Hallamos un ejemplo en Proverbios 5:8, 9. Allí, tras animar a un joven a rechazar la fornicación, se destaca la razón: “Para que no des a otros tu dignidad”. Y es que quien tiene relaciones sexuales fuera del matrimonio pierde parte de su honor y de su amor propio. Y eso, además de deteriorar su relación con Jehová, lo hace mucho menos atractivo para quien sí ha permanecido casto. Si su hijo piensa en los riesgos que supone para su bienestar físico, emocional y espiritual desobedecer las leyes de Dios, se sentirá impulsado a dejarse guiar por ellas.

¿POR QUÉ NO INTENTAN ESTO? Utilicen comparaciones para que su hijo comprenda la importancia de respetar los principios bíblicos. Tal vez puedan decirle: “¿Es lo mismo una hoguera que un incendio forestal? ¿Qué diferencia hay? ¿Podría compararse eso a lo que ocurre con el sexo? ¿Qué podría suceder si no respetamos los límites que Dios ha establecido?”. Luego léanle Proverbios 5:3-14 para ayudarle a reflexionar en las consecuencias de la fornicación.

Ahora bien, aunque uno quiera hacer lo correcto, no siempre es fácil. Takao, un muchacho japonés de 18 años, confiesa: “Sé muy bien lo que debo hacer, pero me cuesta mucho mantener los impulsos bajo control”. Si su hijo se siente así, díganle que no es el único, que hasta el apóstol Pablo —un cristiano de lealtad probada— admitió: “Cuando deseo hacer lo que es correcto, lo que es malo está presente conmigo” (Romanos 7:21).

Además, esa lucha es buena para el joven, pues le ayudará a definir qué clase de persona quiere ser: alguien que se deja llevar por sus impulsos y por lo que hacen los demás, o alguien firme e íntegro que controla su propia vida. Un buen conjunto de valores morales le permitirá tomar la mejor decisión.

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“Acuérdate de mí, sí, oh Dios mío, para bien”

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UNA fiel cristiana que ha tenido que luchar contra la falta de autoestima escribió: “A veces pensaba que Jehová nunca me querría ni me daría su aprobación”. ¿Alguna vez se ha sentido usted como ella? ¿Ha llegado a pensar que lo que hace no tiene valor para Dios o que él jamás se fijará en usted? Si así es, las palabras registradas en Nehemías 13:31 le darán mucho ánimo.

Nehemías fue un gobernador judío del siglo V antes de Cristo. Este hombre hizo todo lo posible por agradar a Jehová Dios: dirigió la reconstrucción de las murallas de Jerusalén pese a las amenazas de sus enemigos, hizo cumplir la Ley de Dios, veló por los desfavorecidos y fortaleció la fe de sus hermanos israelitas. ¿Se fijó Dios en sus buenas obras? ¿Le concedió su aprobación? Encontramos la respuesta en el último versículo del libro bíblico que lleva su nombre.

Nehemías oró: “Acuérdate de mí, sí, oh Dios mío, para bien”. ¿Por qué hizo esa petición? ¿Acaso temía que Dios se olvidara de él o que no prestara atención a sus buenas obras? En absoluto. Él sabía que Jehová se interesa por sus siervos y valora su lealtad, pues otros escritores bíblicos así lo habían indicado (Éxodo 32:32, 33; Salmo 56:8). Entonces, ¿qué quiso decir? Según cierta obra de consulta, el término hebreo que en este versículo se traduce “acuérdate” tiene relación con “los sentimientos de aprecio y las acciones que acompañan al recuerdo”. Con plena fe en el poder de la oración, Nehemías le estaba pidiendo a Dios que lo recordara con cariño y que lo bendijera (Nehemías 2:4).

¿Escuchó Jehová su oración? Claro que sí. El hecho de que Dios haya tenido a bien incluir la oración de Nehemías en su Palabra inspirada indica que lo recuerda con cariño. Pero Jehová, el “Oidor de la oración”, también se acordará de él en otro sentido (Salmo 65:2).

La oración de Nehemías está en consonancia con estas palabras del rey David: “Bendecirás al justo, oh Jehová; como con un escudo grande, con aprobación lo cercarás” (Salmo 5:12). Así es, a Dios le complace que nos esforcemos por agradarle, y nuestros actos nunca le pasan desapercibidos. Si le servimos de todo corazón, podemos confiar en que también se acordará de nosotros y nos recompensará por nuestras buenas obras.

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viernes, 16 de noviembre de 2012

Honró el nombre de Jehová

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Quien solo vela por sus propios intereses no goza de buenas amistades. Pues bien, si queremos que nuestra amistad con Dios tenga futuro, tenemos que evitar esa tendencia. Daniel no era ajeno a esta verdad y por eso se preocupó de que el nombre de Dios recibiera siempre la gloria que merece.

Cuando Jehová le reveló el sueño de Nabucodonosor y le dio a conocer su interpretación, Daniel dijo: “Que el nombre de Dios llegue a ser bendito de tiempo indefinido aun hasta tiempo indefinido, porque la sabiduría y el poderío pertenecen a él”. Y cuando Daniel le comunicó al rey el sueño y su significado, se aseguró en repetidas ocasiones de darle el mérito a Jehová, a quien llamó el “Revelador de secretos”. Además, al pedirle a Jehová que perdonara al pueblo y lo liberara, demostró que le preocupaba que el nombre de Dios fuera ensalzado: “Oh Jehová, presta atención y actúa porque tu propio nombre ha sido llamado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo” (Daniel 2:20, 28; 9:19).

Hay muchas maneras en las que podemos imitar a Daniel y honrar el nombre de Jehová. Una es pidiendo en nuestras oraciones que el nombre de Dios sea santificado (Mateo 6:9, 10). Otra es asegurándonos de que nuestra conducta nunca manche su santo nombre. Y una última es contándoles a otras personas las cosas maravillosas que hemos aprendido acerca de su Reino.

Es verdad que el mundo en el que vivimos es egoísta y cruel. Pero nos consuela saber que Jehová ama profundamente a cada uno de sus siervos. Ya lo dijo el salmista: “Jehová está complaciéndose en su pueblo. Hermosea a los mansos con salvación” (Salmo 149:4).

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Oró con fervor

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Daniel se mantenía en constante comunicación con su Padre celestial. Fueron muchas las ocasiones en que acudió a él por ayuda. Por ejemplo, cuando el rey Nabucodonosor de Babilonia amenazó con matarlo si no lograba interpretarle un sueño, el joven Daniel le pidió a Jehová que lo ayudara y protegiera (Daniel 2:17, 18). Años más tarde, humildemente confesó a Dios sus pecados junto con los del pueblo y le suplicó que les tuviera misericordia (Daniel 9:3-6, 20). Además, no dejó de pedir la guía divina cuando no lograba entender el significado de alguna visión. Y Jehová lo escuchaba, pues en cierta ocasión envió a un ángel para que le proporcionara mayor entendimiento. Este ángel le aseguró: “Tus palabras han sido oídas” (Daniel 10:12).

Pero el fiel profeta no solo le oraba a Dios para hacerle ruegos. La Biblia declara: “Hasta tres veces al día oraba y ofrecía alabanza delante de su Dios, como había estado haciendo regularmente” (Daniel 6:10). Daniel tenía motivos de sobra para alabar a Jehová y expresarle agradecimiento. Y, como acabamos de leer, lo hacía a menudo. Orar era tan importante en su servicio a Dios, que no dejó de hacerlo ni cuando su vida se vio amenazada por ello. Su constancia y lealtad de seguro conmovió el corazón de Jehová.

Al igual que Daniel, usted también puede beneficiarse del hermoso don de la oración. Por eso, no permita que pase ni un solo día sin que se haya comunicado con su Padre celestial. Cuéntele sus preocupaciones y no olvide alabarlo y darle gracias por todas sus bondades. Piense en cómo ha contestado sus súplicas y exprésele su gratitud. Tómese todo el tiempo que sea necesario. Si le abre su corazón a Dios, se sentirá muy cerca de él. ¿Verdad que esa es una buena razón para no dejar nunca de orar? (Romanos 12:12.)

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Estudió las Escrituras con esmero

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El registro bíblico indica que Daniel era un estudiante de las Escrituras muy aplicado. En Daniel 9:2 leemos: “Discerní por los libros el número de los años para que se cumplieran las devastaciones de Jerusalén”. Los libros que Daniel tenía a su disposición probablemente incluían los escritos de Moisés, David, Salomón, Isaías, Jeremías, Ezequiel y otros profetas. ¿Nos lo podemos imaginar rodeado de rollos y pergaminos, absorto en el estudio de las profecías? Tuvo que haberse pasado horas, tal vez en la habitación del techo de su casa, meditando y comparando los distintos pasajes sobre la restauración de la adoración verdadera en Jerusalén. Su esfuerzo por entender el mensaje de la Palabra de Dios sin duda fortaleció su fe y su relación con Jehová.

El estudio de las Escrituras influyó también en su personalidad y en las decisiones que tomó en su vida. La instrucción que recibió en su tierna infancia le permitió ver desde muy joven la importancia de evitar a toda costa los alimentos que la Ley declaraba impuros (Daniel 1:8). Además, gracias a los consejos de la Palabra de Dios, transmitió sin temor los mensajes divinos a los reyes de Babilonia (Proverbios 29:25; Daniel 4:19-25; 5:22-28). También se ganó la fama de ser un trabajador diligente y honrado (Daniel 6:4). Y llegó a confiar tanto en Jehová que prefería morir antes que violar sus mandatos (Proverbios 3:5, 6; Daniel 6:23). ¡Con razón lo llamó Dios “hombre muy deseable”!

En muchos sentidos, hoy es más fácil estudiar la Biblia. Por un lado, no tenemos que cargar con rollos, y por otro, contamos con más escritos inspirados que Daniel, incluido el registro de cómo se cumplieron algunas de sus profecías. Por si fuera poco, tenemos a nuestra disposición numerosas herramientas de investigación. ¿Se vale usted de ellas? ¿Tiene un horario para leer la Biblia y meditar en su mensaje? Si así es, su fe se hará tan fuerte como la de Daniel y su relación con Jehová se hará más estrecha. Las Escrituras guiarán sus pasos, y sentirá que Dios lo acompaña en todo momento.

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Una persona muy amada por Dios

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Una tarde, mientras oraba, el profeta Daniel recibió una sorprendente visita. Se trataba del ángel Gabriel, a quien ya había tenido el honor de conocer anteriormente. “Daniel —dijo el ángel al anciano profeta—, ahora he salido para hacerte tener perspicacia con entendimiento, porque eres alguien muy deseable.” (Daniel 9:21-23.)

Es interesante notar que el término hebreo traducido “muy deseable” también puede verterse “muy amado”, “muy estimado” e incluso “predilecto”. Otro ángel que se comunicó posteriormente con Daniel utilizó dos veces más la misma expresión para referirse al profeta.

Primero se dirigió a él con estas palabras: “Oh Daniel, hombre muy deseable”, y luego lo animó diciéndole: “No tengas miedo, oh hombre muy deseable. Ten paz” (Daniel 10:11, 19).
Sin duda, Daniel ya sabía que su servicio le había ganado la aprobación divina y que entre él y Jehová existía una buena relación. No obstante, el afectuoso reconocimiento que Dios le hizo mediante sus ángeles debió de confirmarle su valía. Quizá por eso le expresó a uno de ellos: “Me has fortalecido” (Daniel 10:19).

Este relato, que revela el cariño que Jehová le tenía a su fiel profeta, se ha incluido en la Biblia para nuestro beneficio (Romanos 15:4). Si queremos que Dios sienta lo mismo por nosotros, haremos bien en examinar el ejemplo que nos dejó Daniel.

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Valiosos a los ojos de Dios

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Hace tres mil años, un fiel siervo de Dios quedó deslumbrado por el esplendor de un cielo tachonado de estrellas. Pero al contemplar este espectáculo, lo que más le maravillaba era pensar que el majestuoso Creador del universo se interesara por simples seres humanos, tan insignificantes en comparación. Por eso, escribió: “Cuando veo tus cielos, las obras de tus dedos, la luna y las estrellas que tú has preparado, ¿qué es el hombre mortal para que lo tengas presente, y el hijo del hombre terrestre para que cuides de él?” (Salmo 8:3, 4). 

Cualquiera podría haber concluido que el Dios supremo está demasiado lejos o demasiado ocupado como para interesarse en hombres y mujeres imperfectos. Sin embargo, el escritor de este salmo sabía que, pese a nuestra fragilidad e intrascendencia, Dios nos considera muy valiosos.

Otro salmista aseguró: “Jehová está complaciéndose en los que le temen, en los que esperan su bondad amorosa” (Salmo 147:11). ¡Qué hermosas lecciones aprendemos de estos dos salmos! El Dios de los cielos no solo sabe que existimos, sino que además cuida de nosotros y se complace en lo que hacemos.

El cumplimiento de una antigua profecía confirma este hecho. Por medio del profeta Ageo, Jehová predijo que en nuestros días tendría lugar una importante obra, la predicación. Entonces indicó uno de los resultados de dicha obra: “Las cosas deseables de todas las naciones tienen que entrar; y ciertamente llenaré de gloria esta casa” (Ageo 2:7).

¿Qué son “las cosas deseables de todas las naciones”? No se trata de riquezas, pues a Jehová no le complacen ni el oro ni la plata (Ageo 2:8). Lo que alegra su corazón son las personas que, con imperfecciones y todo, le sirven por amor (Proverbios 27:11). Su celo y devoción hace que Dios las considere “cosas deseables” que le traen gloria. ¿Es usted una de esas personas?

Puede parecer mentira que criaturas tan intrascendentes y llenas de defectos sean algo tan valioso para el Creador del universo. Pero es la pura verdad. ¿No debería esto impulsarnos a conocerlo mejor? De hecho, Jehová mismo nos invita a hacerlo (Isaías 55:6; Santiago 4:8).

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“¿Es cierto que Dios me ama?”

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¿ALGUNA vez ha tenido la sensación de que nadie lo valora? En este mundo egoísta y frenético es fácil llegar a pensar que somos totalmente invisibles. Y es que la mayoría de las personas solo se preocupan por sí mismas, tal como predijo la Biblia que sucedería (2 Timoteo 3:1, 2).

Pero la necesidad de amar y ser amado sigue siendo común a todos los seres humanos, sin importar su edad, raza, lengua o cultura. Los científicos han descubierto que nuestro sistema nervioso está diseñado para percibir el amor y la ternura. Y Jehová, aquel que nos creó con esa extraordinaria capacidad, comprende mejor que nadie que necesitamos recibir cariño y sentirnos valorados. De hecho, podemos llegar a ser personas muy queridas para él. ¿No es ese un honor incomparable? Pero ¿en verdad es posible que Dios ame a criaturas imperfectas como nosotros? ¿Cómo podemos estar seguros de que nos valora? ¿Y qué tenemos que hacer para agradarle?

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“Ablandó el rostro de Jehová”

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“NO MEREZCO que Dios me perdone.” Así se expresó un hombre tiempo después de haberse rebelado contra las normas bíblicas que aprendió de niño. Aunque ya había hecho algunos cambios en su vida, sentía que Dios jamás lo perdonaría. Pero este hombre halló consuelo y esperanza al leer la historia del rey Manasés, registrada en 2 Crónicas 33:1-17. Si a usted también lo perturban los errores del pasado, hará bien en repasar este relato.

Manasés nació tres años después de que Dios extendiera milagrosamente la vida de su padre, Ezequías, uno de los mejores reyes que tuvo Judá (2 Reyes 20:1-11). Sin duda, el fiel Ezequías pensó que el nacimiento de Manasés se debía a la misericordia divina y que el niño era un regalo de Dios. Por eso, seguramente procuró inculcar en él un profundo amor por las elevadas normas de Jehová. Pero hay que admitir que los hijos no siempre imitan a sus padres. Y así sucedió con Manasés.

Ezequías murió cuando Manasés tenía apenas 12 años. De ahí en adelante, el muchacho “procedió a hacer lo que era malo a los ojos de Jehová” (versículos 1 y 2). ¿Se habrá dejado llevar por consejeros que no sentían ningún respeto por las leyes divinas? La Biblia no lo dice. Lo que sí sabemos es que se convirtió en un idólatra y un asesino. Erigió altares a dioses falsos y sacrificó en ellos a sus propios hijos, practicó la hechicería y contaminó el templo de Dios en Jerusalén introduciendo en él un ídolo repugnante. Y pese a que Jehová —el Dios a quien debía su nacimiento— le hizo numerosas advertencias, él nunca quiso hacerle caso (versículos 3 a 10).

Finalmente, Jehová permitió que los babilonios se lo llevaran encadenado al exilio. En Babilonia, Manasés tuvo la oportunidad de examinar su vida. Es muy probable que, al ver que sus ídolos no habían hecho nada para protegerlo, comprendiera que eran totalmente inútiles. O puede que recordara lo que años atrás le había enseñado su padre. El caso es que la actitud de Manasés cambió por completo. El relato explica que el rey “ablandó el rostro de Jehová su Dios”, “humillándose mucho” y “orando” (versículos 12 y 13). Pero ¿perdonaría Jehová a alguien que había cometido crímenes tan horrendos?

A Jehová le conmovió ver que Manasés sentía tanto pesar. Por consiguiente, escuchó sus súplicas sinceras y “lo restauró en Jerusalén a su gobernación real” (versículo 13). A fin de demostrar su arrepentimiento, Manasés hizo todo lo que pudo por enmendar sus pecados: eliminó de su reino los ídolos y altares, y animó al pueblo a servir a Jehová (versículos 15 a 17).

Así que si usted cree que no es digno de recibir el perdón de Dios, acuérdese de Manasés. Jehová incluyó este relato en la Biblia para animarnos y enseñarnos que está “listo para perdonar” (Salmo 86:5; Romanos 15:4). Lo que a él le importa no es tanto el pecado en sí, sino la actitud del pecador. Si este se arrepiente de corazón, suplica el perdón divino y se esfuerza por enmendar su vida, logrará —como Manasés— “ablandar el rostro de Jehová” (Isaías 1:18; 55:6, 7).

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¿Sabía Dios que Adán y Eva iban a pecar?

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CUANDO se habla del pecado original y de por qué hay tanta maldad en el mundo, muchas personas se preguntan con toda sinceridad: “Si Dios lo sabe todo, ¿no tenía que saber también que Adán y Eva iban a desobedecerle?”.

Supongamos por un momento que sí lo sabía. ¿Qué implicaría eso? Por un lado, daría a entender que el Creador posee ciertos defectos. Por ejemplo, se le podría acusar de ser injusto, hipócrita y despiadado. Si hubiera sabido que todo iba a salir mal, crear a nuestros primeros padres habría sido una verdadera crueldad, o por lo menos una insensatez. Lo que es más, habría que considerarlo cómplice —o hasta responsable directo— de todo el sufrimiento de la humanidad.

Pero ¿de verdad existen motivos para poner en duda las buenas intenciones de Jehová Dios? Analicemos qué dicen las Escrituras sobre la personalidad de Dios y sobre su creación.

“Todo era muy bueno”

El libro de Génesis indica que, después de terminar su creación —incluyendo a Adán y Eva—, Dios examinó “todo lo que había hecho” y llegó a la conclusión de que “era muy bueno” (Génesis 1:31). Nuestros primeros padres estaban perfectamente diseñados para vivir en la Tierra y no tenían ningún defecto. De modo que eran capaces de estar a la altura de lo que el Creador esperaba de ellos. Además, habían sido creados “a la imagen de Dios” (Génesis 1:27). Por tanto, podían cultivar cualidades divinas como la sabiduría, el amor, la lealtad, la justicia y la bondad. Si lo hacían, tomarían decisiones que los beneficiarían en su vida y que agradarían a su Padre celestial.

Por otra parte, Jehová les concedió a estos dos seres perfectos e inteligentes libre albedrío, es decir, libertad de decisión. No eran simples robots programados para complacerle. Y es lógico que el Creador los dotara con esa facultad. A fin de cuentas, ¿a quién le gusta que otra persona intente complacerle únicamente por el sentido de obligación, y no por amor? Como es natural, para Jehová era muy importante que Adán y Eva decidieran por sí mismos si le serían fieles o no. Quería que la obediencia les saliera del corazón (Deuteronomio 30:19, 20).

Un Dios justo y bondadoso

Jehová, cuya personalidad se revela en las Escrituras, no puede estar más lejos de la maldad y del pecado. En Salmo 33:5 leemos que él “ama la justicia y la rectitud” (Versión Moderna). Y Santiago 1:13 asegura: “Con cosas malas Dios no puede ser sometido a prueba, ni somete a prueba él mismo a nadie”. En realidad, Dios fue justo y amoroso al advertirle a Adán: “De todo árbol del jardín puedes comer hasta quedar satisfecho. Pero en cuanto al árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo, no debes comer de él, porque en el día que comas de él morirás” (Génesis 2:16, 17). Como vemos, Jehová le dio a la primera pareja la oportunidad de elegir entre morir y vivir para siempre. Pero ¿qué sentido tendría advertirles que no cometieran un pecado si sabía que de todos modos iban a cometerlo? Eso habría sido hipócrita. Dios jamás les habría ofrecido una elección que en realidad no podían hacer, pues él “ama la justicia y la rectitud”.

La Biblia también enseña que Jehová es un Dios muy bondadoso (Salmo 31:19). Por ejemplo, Jesús dijo: “El hombre a quien su hijo pide pan..., no le dará una piedra, ¿verdad? O, quizás, le pida un pescado..., no le dará una serpiente, ¿verdad? Por lo tanto, si ustedes, aunque son inicuos, saben dar buenos regalos a sus hijos, ¡con cuánta más razón dará su Padre que está en los cielos cosas buenas a los que le piden!” (Mateo 7:9-11). Como bien señala este pasaje, Dios regala muchas “cosas buenas” a los seres humanos. El modo en que Adán y Eva fueron creados y el hecho de que vivieran en un paraíso demuestran a todas luces que Jehová es muy bueno y generoso. ¿Por qué iba a proporcionarles todo esto si sabía que iban a perderlo? Lo cierto es que nuestro amoroso y justo Creador no tiene la culpa de la rebelión de la primera pareja.

“El único que es sabio”

Por otro lado, la Palabra de Dios afirma que Jehová es “el único que es sabio” (Romanos 16:27, Biblia del nuevo milenio). Los ángeles del cielo comprobaron por sí mismos la inmensidad de la sabiduría divina. Cuando vieron la creación de la Tierra y sus maravillas, se pusieron a “gritar en aplauso” (Job 38:4-7). Así pues, seguro que estaban muy pendientes de todo lo que sucedía en el jardín de Edén. ¿Qué sentido habría tenido que un Dios tan sabio, después de crear el universo, hubiera culminado su obra ante los ojos de los ángeles con dos seres condenados al fracaso? La sola idea resulta disparatada.

Aun así, puede que alguien se pregunte: “Si Dios todo lo sabe, ¿cómo es posible que no supiera lo que iba a ocurrir?”. Es cierto que la sabiduría de Jehová incluye la capacidad de saber “desde el principio el final” (Isaías 46:9, 10). Pero eso no significa que siempre utilice esa capacidad, tal como no tiene por qué usar siempre todo su poder. En su sabiduría, él decide cuándo saber lo que va a pasar y cuándo no. Y solo lo hace si lo considera apropiado.
Su caso es parecido a lo que nosotros podemos hacer cuando estamos viendo un encuentro deportivo que alguien nos ha grabado. Si lo deseamos, podemos ir directamente a los últimos minutos para enterarnos del resultado final. Pero no tenemos por qué hacer eso, ¿verdad? Al fin y al cabo, lo más probable es que queramos ver el partido desde el principio. Pues bien, de un modo similar, el Creador decidió no averiguar por anticipado qué terminarían haciendo Adán y Eva. En lugar de eso, prefirió esperar y ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Como vimos antes, cuando Jehová creó a los seres humanos, no los programó para que actuaran de una determinada forma. En su amor y sabiduría, les concedió libertad para tomar sus propias decisiones. Si optaban por obedecerle, demostrarían que lo amaban y que le estaban agradecidos. Y eso los haría felices tanto a ellos mismos como a su Padre celestial (Proverbios 27:11; Isaías 48:18).

Las Escrituras muestran que, en muchas ocasiones, Dios prefirió no saber lo que iba a pasar. Por ejemplo, cuando Abrahán estaba a punto de sacrificar a Isaac, Jehová le dijo: “Ahora sé de veras que eres temeroso de Dios, puesto que no has retenido de mí a tu hijo” (Génesis 22:12). Por otro lado, son varias las veces en las que Dios llegó a “sentirse herido” por la conducta de ciertas personas, lo cual habría sido muy improbable si ya sabía que iban a actuar mal (Salmo 78:40, 41; 1 Reyes 11:9, 10).

Así pues, la conclusión más lógica es que nuestro sabio Creador decidió no utilizar su poder para averiguar si Adán y Eva iban a pecar. Está claro que haber creado a los seres humanos sabiendo por anticipado lo que iba a ocurrir habría sido un sinsentido.

“Dios es amor”

La rebelión de Edén, que dio lugar al sufrimiento, el pecado y la muerte, fue provocada por Satanás. Por esa razón, en la Biblia se le llama “homicida”. Pero también es un “mentiroso y el padre de la mentira” (Juan 8:44). Con la peor de las intenciones, trata de cuestionar la buena fe con que obró nuestro amoroso Creador. Quiere que creamos que fue Dios quien tuvo la culpa del pecado original.

Lo cierto es que Jehová tenía un buen motivo para no conocer por anticipado si nuestros primeros padres iban a fallar: el amor. Esa es la cualidad más sobresaliente de su personalidad, pues 1 Juan 4:8 asegura que “Dios es amor”. El amor es un sentimiento optimista: espera lo mejor de la gente. Por esa razón, Jehová esperaba y quería que a Adán y Eva les fuera bien.

Y aunque ellos eran libres de tomar malas decisiones, Dios prefería no sospechar de aquella pareja perfecta. Él les había dado todo lo que necesitaban, tanto en sentido material como en sentido moral. Lo natural era que, a cambio, ellos le ofrecieran su amor y su obediencia. Jehová sabía que Adán y Eva podían ser leales. De hecho, muchos seres humanos imperfectos sí lo fueron, como Abrahán, Job y Daniel.

Algo que nos tranquiliza es saber que Jehová puede y quiere remediar las consecuencias del pecado y la muerte. Jesús aseguró: “Para Dios todas las cosas son posibles” (Mateo 19:26). Y sus principales cualidades —su amor, justicia, sabiduría y poder— son una garantía de que así lo hará (Apocalipsis 21:3-5).

En resumen, hemos visto que cuando Jehová creó a Adán y Eva, no sabía que iban a pecar. Por supuesto, le dolió mucho ver su desobediencia y los terribles efectos que esta provocó. Pero tenía claro que la situación no duraría para siempre y que su propósito para la Tierra y los seres humanos no dejaría de cumplirse.
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¿Por qué se valió Satanás de una serpiente para hablar con Eva?

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La Biblia indica claramente que fue Satanás quien manipuló a la serpiente en el jardín de Edén. Pero ¿por qué habrá empleado alguien tan poderoso un método como ese?

La Palabra de Dios nos advierte que Satanás utiliza astutas “maquinaciones” para tratar de engañarnos, y el relato de Edén es una buena muestra de ello (Efesios 6:11). Lejos de ser una simple fábula con animales que hablan, constituye un claro ejemplo de las artimañas con las que el Diablo trata de alejarnos de Dios. Veamos con más detalle por qué usó ese ardid.

Hay que admitir que Satanás supo elegir a su víctima. Sabía que Eva era el ser más joven e inexperto del universo, así que ideó una treta muy maliciosa. Como si de un ventrílocuo se tratara, le hizo creer que quien le hablaba era una serpiente, un animal sigiloso por naturaleza. De este modo logró esconder su identidad y sus verdaderas intenciones (Génesis 3:1). Pero también consiguió otros objetivos.

Para empezar, capturó el interés de Eva, pues ella sabía que las serpientes no hablan. No olvidemos que su esposo estudió a los animales —incluida la serpiente— y les puso nombre a todos, así que es muy probable que ella también conociera bien a este reptil (Génesis 2:19). El hecho es que a Eva le picó la curiosidad, y acabó fijando su atención en lo único que tenía prohibido tocar en todo el jardín. Por otra parte, supongamos que la serpiente estaba entre las ramas del árbol. En tal caso, la treta del Diablo pudo haber llevado a Eva a pensar que la serpiente había comido del fruto y que por eso era capaz de hablar. Incluso puede que se dijera: “Si el fruto ha tenido este efecto en una serpiente, ¿qué ocurrirá si lo como yo?”. No sabemos a ciencia cierta si a Eva le pasó esta idea por la cabeza, ni tampoco si la serpiente comió del árbol. Pero hay algo que sí es seguro: cuando la serpiente le dijo que si comía del fruto sería “como Dios”, Eva no tuvo reparos en creerle.

Además, Satanás eligió muy bien sus palabras. Al darle a entender a Eva que Dios le estaba ocultando algo bueno, que le estaba coartando injustamente su libertad, le hizo dudar sobre Jehová Dios. Él sabía que, para que su plan funcionara, ella tenía que poner sus deseos egoístas por encima del amor a su Creador, quien le había dado todo (Génesis 3:4, 5). Por desgracia, la jugada le salió bien. Quedó claro que Eva no había cultivado verdadero amor y agradecimiento por Jehová; y lo mismo podía decirse de Adán. ¿Y no es cierto que hoy día el Diablo promueve el mismo tipo de ideas egoístas para alejar de Dios a la gente?
Ahora bien, ¿qué pretendía Satanás con aquella treta? ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones? En Edén procuró ocultar su identidad y sus motivos, pero tiempo después no le importó mostrar su verdadera cara. Cuando tentó a Jesús, como sabía que no le iban a servir de nada los disfraces, fue al grano y le pidió descaradamente que le rindiera “un acto de adoración” (Mateo 4:9). Salta a la vista que lo corroe la envidia por la adoración que Jehová recibe, y que haría cualquier cosa por desviarla o contaminarla. Le encanta lograr que los seres humanos desobedezcan a Dios.

Afortunadamente, la Biblia nos pone sobre aviso, pues nos ha advertido que el Diablo es muy astuto y está empeñado en engañarnos. Como “no estamos en ignorancia de sus designios” y sus trampas, no tenemos por qué cometer la misma insensatez que Eva (2 Corintios 2:11).

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¿De verdad existió el jardín de Edén?

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MUCHAS personas han oído hablar del jardín de Edén y de Adán y Eva, pero nunca han leído ese relato directamente de la Biblia. ¿Por qué no hacerlo ahora? Encontrará la historia completa en Génesis 1:26–3:24. En resumen, esto fue lo que sucedió:

Jehová creó al primer hombre del polvo del suelo, le puso por nombre Adán y lo colocó en un gran jardín, o parque, situado en cierta región llamada Edén. Dicho jardín, que Dios mismo preparó, contaba con agua en abundancia y numerosos árboles que daban frutos deliciosos. En el centro, Dios puso “el árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo”, y prohibió comer de su fruto bajo pena de muerte. Un día tomó una costilla de Adán y con ella creó a Eva, la primera mujer. Luego les encargó cuidar del jardín, tener hijos y poblar la Tierra.

Más adelante, mientras Eva estaba sola, una serpiente le habló y le propuso comer el fruto prohibido. Según dijo, el Creador había mentido y le estaba ocultando algo que le convenía saber: que ella podía llegar a ser como Dios. Eva cayó en la trampa y comió del árbol. Adán también desobedeció a Dios. A continuación, Jehová dictó sentencia contra Adán, Eva y la serpiente. La pareja fue expulsada del Paraíso, y unos ángeles bloquearon la entrada.

En el pasado, la mayoría de los historiadores y eruditos bíblicos defendían la veracidad de este relato. Sin embargo, en la actualidad, lo que está a la orden del día es el escepticismo. Pero ¿qué objeciones se plantean? A continuación responderemos a cuatro preguntas muy comunes.

 1. Si el jardín de Edén era un lugar real, ¿dónde estaba?
Durante siglos, los teólogos especularon con la posibilidad de que el Paraíso siguiera existiendo en algún lugar. Pero en cierto momento, la Iglesia adoptó las ideas de filósofos griegos como Platón y Aristóteles, que afirmaban que la perfección no puede existir en la Tierra. Por eso, los teólogos concluyeron que el Paraíso debía de estar en algún lugar más cercano al cielo. Unos sostenían que se encontraba en la cima de una montaña tan alta que superaba los confines de este corrupto planeta; otros apuntaban a alguno de los dos polos, y otros, a la Luna. Como resultado, la historia del Paraíso terminó rodeándose de un halo de ficción y fantasía. Tanto es así que algunos especialistas de la actualidad consideran absurda toda referencia geográfica al jardín de Edén y aseguran que jamás existió.

Pero la descripción que la Biblia hace del Paraíso es muy diferente. Por ejemplo, en Génesis 2:8-14 se proporcionan detalles concretos acerca de su localización: se dice que estaba situado en la zona oriental de una región llamada Edén y que recibía agua de un río que luego se dividía en cuatro. Además, se da el nombre de cada río y una breve explicación sobre su curso. A lo largo de la historia, muchos estudiosos se han devanado los sesos buscando en este pasaje alguna pista para encontrar el Paraíso original. Pero lo único que han obtenido ha sido un sinfín de teorías incompatibles entre sí. ¿Significa eso que la descripción bíblica del jardín de Edén y de sus ríos no es real y que todo es simplemente un mito?

No nos precipitemos. Para empezar, hay que recordar que los hechos de los que hablamos ocurrieron hace unos seis mil años. Y cuando Moisés los puso por escrito —tal vez basándose en relatos orales o en algún documento de la época—, ya habían pasado alrededor de dos mil quinientos años. De modo que el relato que escribió era historia antigua incluso para él. ¿Es posible que la Tierra haya cambiado con los siglos? Claro que sí. La superficie del planeta está en continua transformación. De hecho, el lugar donde posiblemente estuvo Edén forma parte de una zona de gran actividad sísmica: en ella se produce el 17% de los terremotos de mayor magnitud. Además, no olvidemos que el Diluvio, una catástrofe de origen divino, debió de ejercer un efecto inimaginable en la topografía del planeta. Por tanto, es muy probable que los ríos y demás accidentes geográficos de la región hayan cambiado mucho con el paso de los siglos.

Lo que está claro es que en Génesis se habla del jardín de Edén como un lugar real. Dos de los cuatro ríos mencionados en el relato —el Éufrates y el Tigris, o Hidequel— siguen existiendo en la actualidad, y algunos de sus afluentes están muy próximos entre sí. Además, se citan por nombre los lugares por los que transcurrían, así como los recursos naturales característicos de cada zona. Sin duda, todos aquellos datos les sonarían muy familiares a los israelitas de la antigüedad, a quienes originalmente iba dirigido el relato.
Los cuentos y leyendas no suelen ser exactos ni específicos en sus detalles. Más bien, evitan suministrar datos que puedan verificarse. Muchos comienzan diciendo: “Érase una vez en un lugar muy, muy lejano...”. En cambio, la narración del jardín de Edén incluye detalles concretos importantes, lo cual es propio de un relato histórico.

 2. ¿Cómo es posible que Dios creara a Adán del polvo, y a Eva de una costilla de Adán?
El cuerpo humano está compuesto de elementos que se encuentran en la corteza terrestre, como el hidrógeno, el oxígeno y el carbono; este es un hecho científico comprobado. Ahora bien, ¿qué hizo que los elementos se unieran para formar un ser vivo?
Muchos científicos sostienen que la vida surgió por sí sola. Según dicen, unos organismos muy simples fueron evolucionando a lo largo de millones de años hasta convertirse en seres más complejos. Pero ¿acaso hay algún ser vivo que pueda calificarse de “simple”? Hasta los organismos compuestos de una sola célula son increíblemente complejos. En realidad, no existe prueba alguna de que los seres vivos hayan surgido —o puedan surgir— de la nada por casualidad. Al contrario: todos ellos evidencian haber sido diseñados por una inteligencia infinitamente superior a la nuestra (Romanos 1:20).

Ilustrémoslo: supongamos que usted se encuentra disfrutando de una agradable sinfonía, admirando un hermoso cuadro o probando un aparato de última tecnología. ¿Diría que esas obras surgieron solas, que no fueron creadas o diseñadas por alguien? Obviamente no. Pues bien, ni la mejor creación de la mente humana tiene punto de comparación con el increíblemente bello e ingenioso diseño de nuestro cuerpo. ¿Cómo negar, entonces, que hemos sido creados? Por otra parte, Génesis explica que los humanos somos los únicos seres vivos a los que Dios creó a su imagen y semejanza (Génesis 1:26). En efecto, nuestra capacidad para realizar asombrosas creaciones artísticas y tecnológicas es un reflejo de la creatividad de Dios. Entonces, ¿por qué habría de sorprendernos que Dios haya sido capaz de crearnos a partir de los elementos del suelo?

Y ¿qué hay de la idea de que Dios creó a Eva utilizando una costilla de Adán? Para Dios, esto no debió de representar ninguna dificultad. Y aunque podría haber empleado otro sistema, el método que eligió tenía un significado muy especial. Él quería que Adán y Eva se casaran y que su unión fuera muy estrecha, como si fueran “una sola carne” (Génesis 2:24). En efecto, el hombre y la mujer han sido creados de forma que pueden complementarse y formar un sólido vínculo de amor y cuidado mutuo. ¿Qué menos podría esperarse de un Creador sabio y amoroso?

También cabe destacar que, según los especialistas en genética, hay un alto grado de probabilidad de que todos los seres humanos procedan de un solo hombre y una sola mujer. Después de todo, parece que el relato de Génesis no es tan descabellado, ¿verdad?

 3. ¿Cómo podía haber un árbol que transmitiera conocimiento y otro que concediera vida?
Hay que aclarar que el relato bíblico no enseña que estos dos árboles tuvieran algún tipo de poder sobrenatural. En realidad, se trataba de árboles normales a los que Jehová dio un significado simbólico.

Los seres humanos también atribuimos un significado especial a ciertas cosas. Pensemos en el caso de un juez que condena a una persona por cometer desacato al tribunal. ¿Significa eso que tal persona ha cometido una falta de respeto contra las mesas, sillas y paredes de la sala del tribunal? Claro que no. Lo que quiere decir es que faltó el respeto al sistema de justicia al que dicho tribunal representa. Otro ejemplo son las coronas y cetros que los monarcas suelen usar como símbolo de su autoridad.

Entonces, ¿qué representaban los dos árboles del jardín de Edén? Se han propuesto diversas y complicadas teorías, pero la verdadera respuesta es sencilla y de gran importancia para nosotros. El árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo simbolizaba el derecho exclusivo que Dios tiene de decidir lo que está bien y lo que está mal (Jeremías 10:23). Por eso es que Jehová consideraba que comer de aquel árbol era una falta muy grave. Y el árbol de la vida representaba la vida eterna, un don que solo Dios puede conceder (Romanos 6:23).

 4. ¿Cómo iba a hablarle a Eva una serpiente?
Si no tomamos en cuenta el resto de la Biblia, es comprensible que esta parte del relato de Génesis resulte difícil de explicar. No obstante, las Escrituras van revelando el misterio poco a poco.

Para empezar, ¿quién hizo que pareciera que la serpiente hablaba? Pues bien, los israelitas de la antigüedad disponían de información suficiente para comprender lo que había detrás de aquella serpiente. Por ejemplo, sabían que los seres espirituales pueden hacer que parezca que los animales hablan. El propio Moisés registró lo que ocurrió cuando, por orden divina, un ángel hizo que el asna de Balaam hablara (Números 22:26-31; 2 Pedro 2:15, 16).
Además, sabían que los demonios —ángeles que se rebelaron contra Dios— también poseen poderes sobrenaturales. Por citar un caso, Moisés vio a unos sacerdotes en Egipto imitar varios milagros de Jehová, como transformar un cayado en una culebra. ¿De dónde procedía su poder? Sin duda, de los demonios (Éxodo 7:8-12).

Por último, los israelitas contaban con el libro de Job, relato bíblico que probablemente también escribió Moisés. Dicho libro les enseñó mucho sobre Satanás, el principal enemigo de Dios, quien ha puesto en duda la lealtad de todos los siervos de Jehová (Job 1:6-11; 2:4, 5). Con estos factores presentes, los israelitas seguramente llegaron a la conclusión de que fue Satanás quien manipuló a la serpiente para engañar a Eva y hacer que desobedeciera a Dios.

Pero hay más pruebas de que el Diablo fue el responsable de que la serpiente le mintiera a Eva. Recordemos que Jesús afirmó que Satanás es un “mentiroso y el padre de la mentira” (Juan 8:44). ¿Por qué lo llamó “el padre de la mentira”? Porque sabía que él estaba detrás de la serpiente, quien dijo la primera mentira de la historia. Dios había dicho que Adán y Eva morirían si comían del fruto prohibido, pero la serpiente mintió al afirmar: “No morirán” (Génesis 3:4). Y por si quedaba alguna duda, Jesús le reveló más adelante al apóstol Juan que Satanás era “la serpiente original” (Apocalipsis 1:1; 12:9).
A decir verdad, que un espíritu sea capaz de hacer como si una serpiente hablara no es tan extraordinario. ¿Acaso no hacen algo parecido los ventrílocuos y los expertos en efectos especiales?

La prueba más convincente
Llegados a este punto, ¿no le parece que las dudas sobre la veracidad del relato de Génesis son infundadas? A fin de cuentas, lo respaldan pruebas muy contundentes. Analicemos una más.

En la Biblia se llama a Jesucristo “el testigo fiel y verdadero” (Apocalipsis 3:14). Él fue un hombre perfecto y, como tal, de sus labios nunca salió mentira alguna ni intentó jamás engañar a nadie.

Jesús habló de Adán y Eva como personas reales. De hecho, se refirió a ellos cuando explicó las normas de Jehová sobre el matrimonio (Mateo 19:3-6). Si el relato de Génesis es una simple leyenda, Jesús sería un mentiroso o estaría engañado. Pero ambas alternativas son totalmente imposibles. Como dijimos, él vio desde el cielo todo lo que ocurrió. ¿Qué prueba puede haber que sea más convincente?

Si no creyéramos en el relato de Génesis, difícilmente podríamos cultivar verdadera fe en Jesús. Y tampoco podríamos entender por completo el mensaje de la Biblia y las promesas de Dios.
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